
Evangelio del día 4 octubre 2025 (Vuestros nombres están inscritos en el cielo)
Sábado de la 26ª Semana del Tiempo Ordinario
EVANGELIO (Lucas 10, 17-24)
En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
«Padre, has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños».
En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
El evangelio de hoy tiene tres partes muy conectadas entre sí: el regreso de esos setenta y dos que han sido enviados por Jesús, un himno de alabanza de Jesús y una bienaventuranza que dirige a sus discípulos. El común denominador no es otro que la alegría. Deja que el evangelio de hoy te llene de inmensa alegría.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de este texto del evangelio de Lucas, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, quiero mirar a esos setenta y dos de los que nos habla el evangelio de hoy. Unos versículos atrás, el evangelista Lucas nos decía que los designó el Señor, que los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Son por tanto, apóstoles, enviados del Señor, han ido en su nombre, y cuentan con su autoridad y así se lo dice a ellos: “Os he dado el poder”. Y hoy el evangelio narra su regreso. Nos dice que volvieron llenos de alegría. Dejarse enviar y mover por Jesús, anunciar su evangelio, ser misionero de su palabra, es fuente de profunda alegría. Pero, además, se nos dice que experimentaron el poder de Jesús, su victoria sobre el mal y la enfermedad: “¡Hasta los demonios se nos someten en tu nombre!”, le dicen. Y Jesús les contesta: “Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo”. Cuando anuncias a Jesús, cuando le haces presente en el mundo, el mal, el pecado, la desesperanza, caen por su propio peso. Pero llama más aún la atención esa preciosa frase de Jesús a continuación: “No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo”. Esto ha de llenar de alegría tu corazón. Tu nombre, tu alma, tu ser, tu vida entera, está inscrita en el cielo. Tienes allí un hogar que te espera, un día habitarás pleno en Dios, junto a los tuyos, con una paz y una felicidad eternas. Ya hoy, ahora mismo, puede ser esto una fuente de increíble alegría para ti.
Pregúntate: ¿vives feliz, alegre, sabiendo que eres enviado por Jesús, que cuentas con su poder, que tu nombre está inscrito en el cielo?
En segundo lugar, esta alegría de los discípulos colma también a Jesús. Nos dice el texto que el Señor se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien”. Son unas palabras preciosas. Jesús nos revela aquí que Dios, quien tiene toda la riqueza y el poder, ha querido escoger, por el contrario, a los pequeños, a los humildes, a los necesitados; son sus preferidos y esto es un motivo de alegría y de acción de gracias enorme. Si te crees autosuficiente, si te consideras lleno, si te bastas a ti mismo, no habrá lugar en ti para Dios. Pero si te sabes pequeño, necesitado, pecador, humilde, Dios se revelará en tu corazón, habitará en ti. Añade Jesús: “Nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Jesús conoce en intimidad al Padre y esto no ha querido ocultárnoslo sino que nos lo ha dado a conocer a nosotros, a sus amigos, a sus pequeños.
Pregúntate: ¿te sabes pequeño, sencillo, humilde, o estás lleno de orgullo y prepotencia?
En tercer lugar, en este ambiente de alegría, Jesús nos regala una bienaventuranza, que dirige a seguidores, a sus discípulos, a sus enviados: “¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron”. Créetelo: eres increíblemente afortunado por tener fe, por conocer a Jesús, por tener tu nombre inscrito en el cielo, por ser de sus amigos, de esos a los que ha querido dar a conocer a su buen Padre Dios, por llenarte de esperanza, por saber que tu vida está llena de sentido, por saberte increíblemente amado y eterno.
Medita un momento estas palabras de Jesús. Hoy te dice a ti: “Bienaventurados los ojos que ven lo que tú ves”.
CONCLUSIÓN
Pues que este evangelio te llene de alegría, de paz, de esperanza, y te lleve a dar gracias al Padre, como Jesús, de corazón, por haberte escogido y amado de esta manera.
ORACIÓN
Señor Jesús, lléname de tu Espíritu Santo, de tu alegría, de tu amor. Gracias por llamarme a ser de los tuyos, por tu amistad, por tu amor, por hacerme partícipe de tu vida eterna, por haber inscrito mi nombre en el cielo.