Evangelio del día 26 junio 2026 (Señor, si quieres puedes limpiarme)

Viernes de la 12ª Semana del Tiempo Ordinario

EVANGELIO (Mateo 8, 1-4)

En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio».

«Quiero, queda limpio».

Y enseguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

REFLEXIÓN

INTRODUCCIÓN

El evangelio de hoy nos presenta a un leproso acercarse a Jesús suplicante, incluso desesperado. Sabe que tiene poder para sanarlo y confía en él: “Si quieres, puedes limpiarme”, le dice. Y Jesús no se resiste: “Quiero, queda limpio”, le responde. El Señor, una vez más, aparece combatiendo el sufrimiento y el dolor, haciendo un despliegue de compasión y misericordia infinitas.

REFLEXIÓN Y PREGUNTAS

A propósito de este texto del evangelio, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:

En primer lugar, quiero hablar de lo que significaba la lepra en tiempos de Jesús. Ya lo hemos hecho en otras ocasiones, pero es muy importante para entender este milagro de Jesús. La lepra era una enfermedad terriblemente temida y contagiosa. El leproso era obligado a vivir en las afueras de las ciudades y a llevar una campanilla, incluso a identificarse a gritos desde la distancia a cualquier viandante, gritando: “¡Leproso, leproso!”. La exclusión era absoluta. Por si fuera poco, los judíos, que consideraban la enfermedad un castigo de Dios, tenían a un leproso por impuro. Pensaban: “Algo debe haber hecho este hombre para que Dios lo haya castigado con una enfermedad tan lamentable”. Pero Jesús se compadece. Siente lástima por él. La enfermedad no es querida por Dios, por eso lo sana. Tú también padeces la enfermedad corporal, pero también el hastío, el pecado, el sinsentido y la desesperanza.

Pregúntate: ¿de qué te tiene que sanar hoy a ti Jesús? ¿Le pides que te cure? ¿Acoges tú con compasión a los leprosos de hoy, a aquellos que nuestro mundo descarta?

En segundo lugar, quiero detenerme en una palabra de Jesús: “Quiero”. El  leproso le dice: “Si quieres, puedes limpiarme”. Debió pensar Jesús: “¿Que si quiero? ¡Pero si para esto he venido: para traerte vida, y vida en abundancia!”. Hoy Jesús también dice para ti: “Quiero: quiero verte feliz, quiero que vivas en plenitud, quiero sanarte, quiero bendecirte, quiero que camines a mi lado y, por supuesto, te quiero”.

¿Sientes que Jesús trae siempre lo mejor a tu vida? ¿Te dejas tocar y transformar por él?

En tercer lugar, me gustaría fijarme en un detalle que pudiera pasar desapercibido. Jesús pide al leproso que vaya a presentarse al sacerdote. Eran los sacerdotes los que tenían que constatar por escrito que un enfermo ya no lo era, que la lepra había desaparecido y que podía incorporarse, por tanto, de nuevo a la sociedad. Esto es importantísimo. La salvación que ofrece Jesús es integral. No solo cura su cuerpo, sino que lo reintegra a la sociedad. De poco sirve la sanación corporal si no existe verdadera integración total. Piensa cuántas personas completamente sanas viven vidas muy tristes. Y cuántas personas enfermas viven su enfermedad con una fuerza y una dignidad increíbles. Ahora piensa en ti. Jesús desea también esta sanación y esta salvación para toda tu vida, una sanación total: que vivas pleno, feliz, en paz.

¿Qué te falta para vivir completamente sanado?

CONCLUSIÓN

Pues que hoy, escuchando este evangelio, confíes toda tu vida a Jesús, te dejes sanar por él y, experimentando esta sanación, tú mismo te conviertas en sanación para otros y vivas acogiendo a los descartados de nuestro mundo. Es a ellos a quienes Dios quiere llegar, por medio de ti, con todo su amor y compasión.

ORACIÓN

Señor Jesús, tú eres el que traes la verdadera salud a mi vida: vitalidad, ilusión, paz, esperanza, entusiasmo, generosidad, entrega. Sin ti, no  me cabe duda, enfermo. Sáname de todo aquello que me separa de ti y de mis hermanos, de todo aquello que me impide ser testigo de ti en el mundo.

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