
Evangelio del día 27 junio 2026 (Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo)
Sábado de la 12ª Semana del Tiempo Ordinario
EVANGELIO (Mateo 8, 5-17)
En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». Le contestó: «Voy yo a curarlo». Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado.
«En Israel no he encontrado en nadie tanta fe».
Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús como sanador. Allí donde está él, el sufrimiento, la enfermedad, la desesperanza y el mal quedan transformados, superados. Solo hace falta poner en él la vida entera y decir con el centurión, como hacemos en cada misa: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de este texto del evangelio de Mateo, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, para entender el texto de hoy conviene recordar que, para los judíos de tiempos de Jesús, un pagano o gentil era despreciable. Con razón estos gentiles eran denominados por los judíos “perros” y los consideraban excluidos de la salvación de Dios. Pero si ese pagano era además un centurión romano, cómplice de la invasión y explotación del imperio romano al pueblo de Israel, mucho peor. Pues precisamente hoy el evangelio nos muestra a un centurión acercándose a Jesús y solcitándole que sane a su criado. Y no solo eso, sino que es presentado como ejemplo de una fe increíble: “Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”. Un pagano, despreciado por los judíos, es elogiado por Jesús y puesto de ejemplo: “En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”. Y continúa diciendo el Señor: “Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas”. Los judíos se creían dueños y señores de la salvación y despreciaban a los demás. Jesús deja claro, también en esta ocasión, que la salvación es de aquellos que se acercan a él con humildad, de aquellos que confían plenamente en el poder de Dios, de aquellos que se reconocen pecadores, que claman al Señor: “¡Auméntanos la fe!”.
Detente un momento y mírate. ¿Cómo está tu fe? ¿La cuidas en la oración y en la eucaristía? ¿Te formas para que sea una fe verdaderamente adulta?
En segundo lugar, vemos que Jesús, que se encuentra en Cafarnaún, la tierra de Pedro, entra en su casa y sana a su suegra, que está en cama con fiebre. Nos dice el evangelio que tocó la mano de esa mujer y entonces se le pasó la fiebre y se levantó. Pero dice a continuación algo fundamental: “La suegra de Pedro se puso a servirle”. Quien ha experimentado que Jesús le ha salvado, le ha tomado de la mano y levantado, se siente lanzado a servir a los demás. Es ese doble movimiento cristiano: experimentar el amor de Dios y llevarlo a los otros; ser sanado por Jesús y llevar esa sanación a mis hermanos; ser levantado por el Señor y levantar a aquellos que se hallan postrados. Hoy Jesús te levanta también a ti de ese estado de postración en que te hallas por el pecado, la desesperanza o la mediocridad. Pero quiere que, tras experimentar su sanación, sirvas a los demás.
¿Aceptas su invitación?
En tercer lugar, el evangelio nos dice: “Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: ‘Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades’”. Quiero fijarme brevemente en tres expresiones. Primera: “Al anochecer”. El evangelista parece decirnos con esto que Jesús ha pasado todo el día sanando sin parar, acogiendo, consolando; esta misión de sanación llena todo su día, toda su existencia. Segunda: “Curó a todos los enfermos”. Su sanación quiere llegar a todos, todo ser humano está llamado a encontrar en Jesús sanación y salvación. Y tercera: “Para que se cumpliera lo dicho”. Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor anunciado por los profetas. Y no viene como un rey poderoso, airado, que causaría miedo o estupor, sino como ese Siervo de Dios que pasa haciendo el bien, acariciando y consolando con sus palabras y sus milagros.
Pregúntate: ¿encuentras tú salvación en Jesús, te dejas sanar por él, sientes su acogida siempre cariñosa?
CONCLUSIÓN
Pues que este evangelio te lleve, como al centurión, a tener una fe grande en el poder del Señor, a fiarte de él cada vez más y más, y a sentirte, como la suegra de Pedro, sanado. Y que, viendo a Jesús curando toda enfermedad, desees profundamente compartir su misión de ser buena noticia, sanación para los que te rodean.
ORACIÓN
Señor Jesús, muchas veces me encuentro yo también postrado. Confío en tu poder. Sé que solo tú puedes sanarme. Aumenta mi pobre fe. Hazme digno de ti. Tómame de la mano, libérame de la fiebre del egoísmo y la pereza, levántame y hazme testigo de tu amor y de tu salvación.