
Evangelio del día 4 abril 2026 (Sábado Santo)
Meditación con la Madre del Señor
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
Seguro que te sorprende que este audio no comience hoy con la lectura del Evangelio. El evangelio de cada día es el evangelio que se lee en la misa del día. Sin embargo, hoy no hay misa. Si Jesús ayer, Viernes Santo, ha sido crucificado y sepultado, hoy Sábado Santo no puede ser más que un día de silencio y de ausencia. Día para velar junto al sepulcro, a la espera de que esta noche, en la Vigilia Pascual, la celebración más importante del año, saltemos de gozo con la resurrección gloriosa de Jesús, con su Pascua, su paso de la muerte a la vida.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
Dicho esto, y a propósito de este día de Sábado Santo, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, en muchos lugares, y de hecho es lo más propio, se conmemora la soledad de María. Hoy, Sábado Santo, es un día para acercarse a María, para permanecer junto a la madre de Jesús en oración y compartir con ella el sufrimiento y el dolor. ¿Qué debió sentir María al ver al fruto de sus entrañas, que ella bien sabía que era Hijo de Dios, flagelado, torturado y muerto después en sus brazos? Ese “Alégrate, llena de gracia” que le dijo el ángel en su concepción, ha dejado ahora lugar a una profecía cumplida: la de ese anciano Simeón que, en la presentación del Niño en el templo, como nos cuenta el evangelista Lucas, le había anticipado: «A ti misma una espada te traspasará el alma”. Lo decíamos ayer: que Jesús sabe bien de sufrimientos por los tormentos de su pasión, que él conoce en profundidad la injusticia y el abandono. Hoy puede decirse lo mismo de María: ella sabe bien lo que es que se le parta a uno el alma, sabe bien lo que es deshacerse en lágrimas.
Hoy eres invitado a acercarte a María con tus propios sufrimientos, con tus pruebas, con aquello que te causa dolor, con todas esas situaciones que te hacen llorar, que te parten el alma. No lo dudes: ella sabrá acogerte, consolarte, protegerte.
En segundo lugar, la pregunta más obvia es esta: ¿cómo vivió María esos momentos tan duros de la muerte de su hijo? ¿Cómo vivió un día como este en que su hijo está sepultado, en que le han arrancado el hijo de sus entrañas? La respuesta la tenemos en el evangelio. Cuando los pastores acudieron a adorar al niño recostado en un pesebre, nos dice el evangelista Lucas que “María conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón”. Y los Hechos de los Apóstoles nos dice que los discípulos, tras la muerte y resurrección del Señor, perseveraban unánimes en la oración, junto a María, la madre de Jesús. María, por tanto, es la mujer de oración, de profundidad, de espiritualidad. Medita hondamente las cosas en su corazón. No es una mujer vacía, desesperada. En su mente hay oscuridad, y en todo su ser el sufrimiento y el dolor por la pérdida de su hijo, pero en su alma y en su corazón hay una luz encendida. Ella, que es inmaculada, es decir, que no tiene pecado, sigue fiel a Dios, fiel a esas palabras que ella misma exclamó en el Magníficat. Y sin duda seguiría rumiándolas en su interior, sobre todo estas frases: “El Poderoso hace obras grandes, él hace proezas con su brazo, se acuerda de su santa alianza según lo había prometido, su misericordia llega de generación en generación”. Todas estas frases hablan de que Dios es fiel, que no está todo perdido, no hay lugar para la desesperación.
Es también una invitación para ti. En medio de tus pruebas y dificultades, estate junto a María fuerte en la oración.
En tercer lugar, y ya lo he anticipado de algún modo, en el corazón de María hay dolor, sí, pero hay dos cosas aún más potentes: confianza y esperanza. O, mejor dicho, esperanza porque hay confianza. María confía en Dios, se fía de Dios. Sabe que Dios es todopoderoso, más aún, sabe que Dios es fiel, que él cumple su palabra. Y, sin duda, Dios cumplirá esa palabra inspirada en ese precioso Salmo 15 (y cabe pensar, ya que los judíos oraban con salmos, que María rezaría con estas palabras): “Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti. Yo digo al Señor: ‘Tú eres mi Dios’. No me abandonarás en la región de los muertos, ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”. Y, por supuesto, Dios cumplirá también las palabras de Jesús, que una y otra vez repitió: «El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, lo matarán, pero resucitará al tercer día». María, por tanto, vive en medio del dolor, pero llena de esperanza, confiada en el Dios que no falla, que no abandona jamás, que no permite que el sufrimiento o la muerte sea más fuerte que el gozo y la vida que duran para siempre.
Llénate de esperanza con María, también para tus sufrimientos de hoy. Aunque todo parezca oscuro o negro como el azabache, Dios te sostiene, no te abandona, él ya está haciendo lo imposible para sacar vida y bendición de esa oscuridad.
CONCLUSIÓN
Pues que estas sencillas palabras te lleven a acercarte a María, la Madre de Jesús, Madre de la Iglesia y Madre tuya (porque no lo olvides, ayer desde la cruz te dijo Jesús: «Hijo, ahí tienes a tu Madre»), y con ella compartas tus sufrimientos, sientas su consuelo y te llenes de confianza en Dios y de verdadera esperanza.
ORACIÓN
Virgen María, Madre mía santísima, hoy quiero consolarte. Esa oscuridad no es definitiva. Sabemos que, tras la muerte de Jesús y esta espera del Sábado Santo, vendrá el gozo y la gloria de la resurrección. Lo sabemos: Dios no abandona jamás. Pero hoy te pido, Madre, que consueles mis sufrimientos de hoy, que me ayudes a sobrellevarlos y que ores por mí para que jamás pierda la esperanza.