Evangelio del día 18 marzo 2026 (Quien escucha mi palabra posee la vida eterna)

Miércoles de la 4ª Semana de Cuaresma

EVANGELIO (Juan 5, 17-30)

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo». Por eso los judíos tenían más ganas de matarlo: porque no solo quebrantaba el sábado, sino también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios. Jesús tomó la palabra y les dijo: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará obras mayores que esta, para vuestro asombro. Lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.

«Quien escucha mi palabra posee la vida eterna».

En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida. En verdad, en verdad os digo: llega la hora, y ya está aquí, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que hayan oído vivirán. Porque, igual que el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo. Y le ha dado potestad de juzgar, porque es el Hijo del hombre. No os sorprenda esto, porque viene la hora en que los que están en el sepulcro oirán su voz: los que hayan hecho el bien saldrán a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de juicio. Yo no puedo hacer nada por mí mismo; según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió».

REFLEXIÓN

INTRODUCCIÓN

En el evangelio de hoy, vemos cómo Jesús responde a los judíos, que le reprochan que inmediatamente antes haya curado en la piscina de Betesda a un paralítico en día de sábado. Jesús les recordará cuál es su obra: no pasar de puntillas por el mundo para recibir gloria, sino actuar, compadecerse, revelar el amor de Dios y, sobre todo, transmitir su vida y su salvación.

REFLEXIÓN Y PREGUNTAS

A propósito de este texto del evangelio de Juan, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:

En primer lugar, quiero que te maravilles con el nombre que Jesús da al Dios Creador de todo, al innombrable, al todopoderoso, al Nombre sobre todo nombre. Jesús a ese Dios lo llama “Padre”, más aún, “Mi Padre, Abbá, papá”. Así nos lo ha revelado Jesús. Es un Dios poderoso, sí, maravilloso, creador de todo, pero al mismo tiempo increíblemente tierno, entrañable, que cuida de sus hijos y los ama con locura. Nadie antes de Jesús se había atrevido a llamar a Dios papá. Y nos dice el texto de hoy que por esta razón los judíos tenían más ganas de matar a Jesús. No ya solo porque quebrantaba el sábado curando, sino también porque llamaba a Dios Padre suyo y esto, está claro, significa hacerse igual a Dios. Si Dios es su Padre, entonces él, Jesús, es el Hijo, que por amor se ha hecho uno de nosotros. 

Párate un momento. Piensa: ¿cómo es tu relación con Dios? ¿Le llamas Padre? ¿Sientes su presencia cercana y cariñosa?

En segundo lugar, Jesús nos dice hoy que él hace las obras de Dios. Dice: “Mi Padre sigue actuando, y yo también actúo; el Hijo hace lo que ve hacer al Padre; lo que este hace, eso mismo hace también el Hijo”. En otro pasaje, Jesús será aún más contundente y dirá: “Quien me ve a mí, ve al Padre». En las palabras de Jesús, en sus obras, vemos a Dios actuando. Y la obra de Dios es esa por la que le critican a Jesús los judíos: sanar (aun en sábado), consolar, levantar a sus hijos, compadecerse de ellos, perdonarlos, cuidarlos, amarlos. La obra de Dios, por tanto, no es solo revelarse como quien corre una cortina y descubre una placa. No. La obra de Dios en Cristo Jesús es darnos a conocer su inmenso amor, más aún, transmitirnos su vida divina o, dicho de otro modo, llenarnos de Vida. Así lo dice Jesús hoy: “El Hijo da vida a los que quiere; quien escucha mi palabra y cree al que me envió, posee la vida eterna, ha pasado ya de la muerte a la vida”. Y esta vida de Dios que Jesús nos da es tan potente, tan increíble, tan eterna, que supera incluso a la muerte. Dice Jesús: “El Padre resucita a los muertos y les da vida; los que están en el sepulcro oirán su voz y saldrán a una resurrección de vida”.

Mírate a ti, aquí y ahora. ¿Sientes tú que Dios te hace mejor, te llena de vida, de ilusión, de esperanza y de alegría, que luego comunicas, contagias, a los demás?

En tercer lugar, vemos que Jesús habla en varias ocasiones de juicio. Dice: “El Padre ha confiado al Hijo todo el juicio; quien escucha mi palabra y cree al que me envió no incurre en juicio”. Con esto está diciendo Jesús: «Todo se juega en mí”. Ante Cristo Jesús, efectivamente, nos la jugamos: ahí está el juicio. Aceptarle a él es aceptar a su Padre, vivir con Dios, ganar la vida, vivir para siempre. Por el contrario, vivir de espaldas a Jesús es alejarse de Dios, alejarse de la vida, ignorar la alegría definitiva. Y, por supuesto, aceptar a Jesús no es solo decir de boquilla: «Creo en ti, te acepto, te acojo», sino “Estoy dispuesto a vivir contigo y como tú, quiero transmitir el amor de Dios y amar y servir como tú”. Así lo dice Jesús al final de nuestro texto: «Son los que hacen el bien quienes van a una resurrección de vida; solo en el camino de Dios, que es el camino del amor y del servicio, se halla la vida definitiva”.

Pregúntate: ¿crees de corazón en Cristo Jesús, en Dios Padre bueno, en la vida eterna? ¿Estás dispuesto a vivir como Jesús hasta las últimas consecuencias? 

CONCLUSIÓN

Pues que este evangelio te lleve a maravillarte ante este Dios Padre bueno, este Dios Abba, papá, que está muy cerca de ti, sanándote, salvándote, abras tu vida y tu corazón a él y te dejes transformar completamente.

ORACIÓN

Señor Jesús, sabes bien que creo en ti. Pero a veces mi fe es muy superficial y acabo viviendo como uno más. Por eso hoy te pido que me des radicalidad, que me llenes de tu Santo Espíritu para que pueda sanar y servir a mis hermanos, y también transmitirles la alegría y la vida que tú me das.

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