
Evangelio del día 14 abril 2026 (Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre)
Martes de la 2ª Semana de Pascua
EVANGELIO (Juan 3, 7b-15)
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: “Tenéis que nacer de nuevo”; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu». Nicodemo le preguntó: «¿Cómo puede suceder eso?». Le contestó Jesús: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales?
«Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo».
Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
En el evangelio de hoy, Jesús continúa su diálogo con Nicodemo, jefe judío, fariseo, entendido de la Ley y la Escritura, que ha ido a ver al Señor de noche. Unos versículos atrás, Jesús le ha dicho: “Nicodemo, el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios». Hoy Jesús le revela su identidad: “Yo he bajado del cielo; quien cree en mí tiene vida eterna”.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de este texto del evangelio de Juan, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, en el texto que precede al de hoy, Nicodemo decía a Jesús: “Sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro”. Ahora, a ese «sabemos” de Nicodemo, Jesús le responde con otro «sabemos»: “Hablamos de lo que sabemos». Es decir, el “saber” de Nicodemo y los judíos es en realidad un “no-saber”. Llama a Jesús maestro, únicamente habla de oídas, sigue la lógica de que esos milagros que hace Jesús deben significar que viene de Dios. Pero vive en la ignorancia porque, como reprocha Jesús a Nicodemo, él y los judíos no quieren recibir su testimonio. Por el contrario, el que sabe de verdad, el que conoce la verdad, es Jesús y, por extensión, sus discípulos, la comunidad cristiana. Los judíos hablan de oídas, vagamente, por razonamientos o deducciones vanas. Jesús, sin embargo, habla de lo que ha experimentado, de lo que ha visto junto al Padre. Lo dice expresamente Jesús en el capítulo 1 de este evangelio de Juan: “A Dios nadie lo ha visto jamás: su Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer”. Y en Mateo insiste Jesús: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Por tanto, solo Jesús conoce en profundidad e intimidad a Dios, porque él es el Hijo único de Dios. Y de ahí se entiende que hoy diga: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el hijo del hombre». Queda claro así que solo Jesús puede revelar a Dios, porque solo él ha venido de Dios. Y precisamente para eso ha venido Jesús: para darnos a conocer a Dios, para traernos a Dios.
Ahora mírate a ti. ¿Tienes tú experiencia de Dios, le conoces, tienes un trato familiar con él? ¿O hablas solo de oídas, a partir de deducciones vacías y con palabras vagas?
En segundo lugar, vemos que Jesús dice: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre». Jesús está haciendo referencia a un pasaje del libro de los Números. El pueblo de Israel se encontraba en su camino hacia la tierra prometida, con un cansancio enorme, y entonces sufre una plaga de serpientes, son mordidos por ellas y muchos mueren. Nos dice ese pasaje que el Señor mandó a Moisés que hiciera una serpiente abrasadora y la colocara en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida. Pues bien, es una alusión velada a la muerte y resurrección de Jesús. Jesús en la cruz, como un estandarte, será también elevado. Más aún, será elevado en su exaltación, en su resurrección. De modo que es Jesús el verdadero estandarte al que hemos de mirar. Párate un momento. Tú también, como ese pueblo de Israel en el desierto, sufres los cansancios y heridas del camino. No ya picaduras de serpientes, pero sí la picadura del pecado, la enfermedad, complejos, heridas afectivas, rencores, soledad, tristeza, enfermedad, pérdida de seres queridos. Hoy Jesús, con sus palabras, te dice: «No pongas tu mirada en lo que no puede darte nada, sino en mí”.
¿Miras a Cristo crucificado, al Cristo vivo que tienes muy cerca, en los momentos de prueba, en tus sufrimientos?
En tercer lugar, recordemos de nuevo lo que dice Jesús a Nicodemo: «Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. La sanación que el estandarte hecho por Moisés podía dar a esos judíos en el desierto era una sanación temporal, provisional, muy relativa. Sin embargo, lo que da Jesús es un “plus” absolutamente radical. Dice el Señor: «Así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”. Insisto: vida eterna. Solo él, por tanto, puede darte la sanación total que tu corazón busca: ese amor, esa paz, esa esperanza que nada ni nadie en este mundo puede darte. Él te dice hoy: «Pon la mirada en mí, y serás librado de la mordedura de tu pecado, de tus errores, de tu desesperanza, porque quien cree en mí tiene vida eterna”. Y quizá pienses que esa vida eterna se refiere a la vida tras la muerte. Y, si bien es cierto que allí será vida en plenitud, esa vida que te da Jesús ya está siendo para ti, aquí y ahora, sentido, fortaleza, esperanza. Vivir la fe, vivir con Jesús realmente te sana, te llena de paz, te llena de alegría.
¿Sientes que solo el Señor Jesús puede darte la esperanza verdadera, la Vida con mayúsculas, la vida eterna?
CONCLUSIÓN
Pues que este evangelio te lleve a fijar tu mirada siempre en Cristo, en el crucificado, en el Resucitado, y que su amor y su vida penetren en ti de tal modo que vivas con más sentido, con más fortaleza, con más esperanza.
ORACIÓN
Señor Jesús, muchas veces mi mirada es muy baja. La dirijo a lo superficial, a mis intereses, al orgullo, al egoísmo. Haz que mi mirada esté puesta en lo alto, en ti, y que, mirándote a ti, me llene de vida y pueda amar como tú a mis hermanos.