
Evangelio del día 4 agosto 2026 (Lo que sale de la boca es lo que mancha al hombre)
Martes de la 18ª Semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
EVANGELIO (Mateo 15, 1-2.10-14)
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron: «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?». Llamando a la gente, les dijo Jesús: «Escuchad y entended: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre». Se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
«Lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Respondió él: «La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
En el evangelio de hoy, escribas y fariseos reprochan a Jesús que ni él ni sus discípulos sean estrictos en el cumplimiento de las leyes judías, concretamente en la purificación de las manos al comer. Jesús les responderá duramente. Pero, sobre todo, dirigirá su mirada a lo importante: la clave es ser limpio de corazón.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de este texto del evangelio de Mateo, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, conviene explicar que los judíos, de acuerdo a su ley y tradiciones, vivían realmente preocupados por lo puro y lo impuro. Una pureza que no se refería solo a la limpieza externa o a la higiene, sino a una pureza asociada a Dios, es decir, una pureza ritual. De acuerdo con esta visión, los impuros no tendrían nada que hacer con Dios. Y, además, consideraban que había realidades impuras (como los alimentos, piénsese en el cerdo), pero también personas impuras (por ejemplo, los leprosos o las prostitutas) y también profesiones impuras (por ejemplo, los porquerizos por su relación con los cerdos o los publicanos por su trato constante con el dinero). Esta visión de la realidad llevaba a los judíos, y particularmente a los fariseos, cumplidores de la ley hasta el extremo, a despreciar todas las realidades que ellos consideraban impuras (cosas y personas) y a concluir que no eran queridas por Dios. Hoy vemos en el evangelio que fariseos y escribas de Jerusalén preguntan a Jesús: “¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?”. Como hemos explicado, estos fariseos no están tan centrados en una cuestión de higiene, como en algo mucho más grave: en que alguien sea puro o no ante Dios. Con esa pregunta, con ese cuestionamiento, los fariseos estarían diciendo que Jesús y sus discípulos son impuros, es decir, unos pecadores, que estarían alejados de Dios. Pero esta preocupación de estos legalistas, tan centrados en el cumplimiento externo, le sirve a Jesús para dirigir su mirada a lo central. Dice el Señor: “No mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre”. Una expresión que resultó oscura incluso a sus discípulos y que tuvo después que explicarles. No son los alimentos o lavarse o no las manos lo que ensucia al hombre. Lo que mancha al ser humano es el egoísmo, los malos pensamientos, las envidias, el orgullo, los intereses, el rechazo de los otros. Jesús está poniendo el foco así, no en una limpieza ritual de manos, sino en la limpieza verdadera y profunda del corazón, como sentenciará bellamente en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.
Mírate a ti. ¿Tú también eres legalista, te fijas en detalles externos o secundarios, juzgas a los demás y te desvías de lo central, es decir, de la pureza del corazón?
En segundo lugar, vemos cómo los discípulos comunican a Jesús que los fariseos se han escandalizado con su respuesta. Están tan obcecados esos legalistas que no pueden comprender a Jesús, que no hace sino revelar el sentido profundo de esas normas, el espíritu de la ley. Pero para ello reservará además Jesús una frase realmente dura: “La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz”. Parece claro que Jesús, con esta imagen de la planta, está aludiendo a la viña plantada por Dios, es decir, al pueblo de Israel. Y, de hecho, es frecuente en el Antiguo Testamento vincular a Israel con esta viña plantada por Dios. Ya Jesús, en su parábola de los viñadores homicidas, había concluido que esa viña plantada por Dios, es decir, Israel, finalmente era dada a otro pueblo, es decir, a los gentiles, a los paganos, a los no israelitas. Pues bien, ahora Jesús, a estos judíos críticos que no aceptan su palabra, que no están dispuestos a convertirse, les dice: “Esa planta será arrancada de raíz”. Jesús les está diciendo: “Vosotros, incapaces de dar fruto, no seréis más en adelante viña de Dios, porque no queréis acoger su Palabra. El pueblo de Dios, su planta buena, su viña, serán, en adelante, aquellos puros de corazón, aquellos que acojan la Palabra del Señor, que hagan la voluntad de Dios”. A lo mejor tú, porque eres cristiano, te crees, como esos fariseos, puro, planta buena de Dios. Pero, ¡ojo!, hoy nos recuerda Jesús que la clave está en que escuches su palabra, que dejes transformarte por él, que des fruto.
Pregúntate: ¿eres planta buena de Dios? ¿Qué cosas de tu vida han de ser arrancadas de raíz?
En tercer lugar, si Jesús ha sido duro con esa expresión, asociándolos a una planta que debe ser arrancada de raíz, ahora Jesús añade unas palabras aún más duras. Dice Jesús de estos escribas y fariseos: “Dejadlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo”. Estos dirigentes judíos (sacerdotes, escribas, fariseos) se creían verdaderamente puros, modélicos, creyentes y despreciaban a la gente sencilla, a la que consideraban pecadores, impuros, ciegos, incapaces de ver las cosas de Dios. Pero Jesús le da la vuelta a la tortilla. Son ellos, los que se creen buenos, los que están ciegos. Es más, ellos, que se creen guías espirituales, son en realidad guías ciegos. Y Jesús los lleva al ridículo con esta imagen: ¿cómo un ciego va a guiar a alguien? Y de las palabras de Jesús se concluye que aquellos a quienes guían son en realidad también ciegos. Si siguen sus esquemas, sus normas, sus consejos, compartirán su ceguera. Y, así, ambos son ciegos, guía y guiado, y lo único que les espera es que caigan ambos en el hoyo. Es una terrible crítica de Jesús al liderazgo espiritual de estos judíos. No son verdaderos guías, sino unos ciegos que no tienen remedio, porque no quieren ver. Por eso Jesús para ellos solo reserva esta expresión: “Dejadlos”. Quizá tú seas sacerdote, religioso, catequista, coordinador de algún grupo o educador en la fe. Pues bien, estas palabras tan duras de Jesús se dirigen también a ti.
¿Eres un verdadero guía de la fe? ¿Puedes acompañar a las personas y llevarlas de verdad a Dios? ¿O en esta tarea de guía te buscas demasiado a ti mismo, eres poco ejemplar, tu vida de oración es muy pobre y, en definitiva, tienes algo de guía ciego?
CONCLUSIÓN
Pues que este evangelio te lleve a huir de juicios y críticas a tus hermanos, más aún de toda clase de legalismo y cumplimiento externo, para esmerarte en lo que realmente es importante: que tu corazón sea un corazón limpio, puro.
ORACIÓN
Señor Jesús, tú me has confiado ser guía para otros, pero a menudo descuido mi relación contigo, se me cuela la búsqueda de mi propio ego y mis intereses y mi testimonio es a menudo muy pobre. Hoy te pido que hagas de mí planta buena. Arranca de raíz mi soberbia y egoísmos y haz que, como tú, sea limpio de corazón.