
Evangelio del día 15 noviembre 2025 (Había un juez que ni temía a Dios ni le importaban los hombres)
Sábado de la 32ª Semana del Tiempo Ordinario
EVANGELIO (Lucas 18, 1-8)
En aquel tiempo, les dijo Jesús una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
«Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar».
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
El evangelio de hoy nos presenta un tema de capital importancia: es vital orar siempre. Y para ello nos ofrece una parábola de lo más elocuente: una pobre viuda ante un juez poderoso que, por su insistencia, consigue de éste que le haga justicia. Viendo algo así, ¿cómo crees que Dios dejará de escuchar tu oración?
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de este evangelio de Lucas, me gustaría compartir contigo tres sencillas reflexiones:
En primer lugar, el tema central del texto es la importancia de la oración. Una oración que ha de estar continuamente en ti, sin que haya espacio para el desfallecimiento. La pregunta que quizá alguna vez te hayas hecho es: ¿sirve para algo rezar? La respuesta es clara: definitivamente sí. Pero entiéndelo bien. No se trata de que consigas favores. No se trata de que te sirvas de Dios para tus intereses. Se trata de que te pongas ante Dios y te dejes transformar por él. La oración es la fe puesta en acción. O, dicho de otro modo, la oración no es una acción sin más, sino una relación: tu trato familiar con Dios, tu amistad con Jesús, con quien has de compartir todo, dar gracias, pedir, interceder. La oración no es una obligación o mandato, sino algo que debe surgir de tus entrañas. Orar es hablar. Y no puedes dejar de hablar con tu Padre, con tu mejor amigo, con aquel que tanto te ama, con aquel que sostiene tu existencia.
En segundo lugar, esta parábola es muy semejante a aquella otra en que un hombre de noche pide a su amigo algo de comida porque ha tenido un imprevisto con un visitante y no tiene nada que ofrecerle. Aunque primero recibe una negativa, finalmente consigue su propósito, aunque sea porque no le siga importunando. Pues bien, ahora tenemos a una pobre viuda. En tiempos de Jesús, las viudas eran los seres más pobres y desprovistos. Sin marido y sin bienes, eran absolutamente vulnerables. Y, por otro lado, tenemos a un juez que no teme a Dios ni le importan los hombres, poderoso y arbitrario. Sin embargo, frente a todo pronóstico, este juez sinvergüenza acaba haciéndole justicia a la viuda, pobre y marginada, únicamente para que le deje de insistir. Si esto es así, concluye Jesús, ¡cuánto más Dios atenderá a sus hijos y no les dará largas! No dudes que Dios, aunque seas el más pobre y pecador de sus hijos, escuchará cada petición y cada acción de gracias que le presentes. Él desea estar contigo más que tú con él.
En tercer lugar, quiero insistir en esta precisión de Jesús: no solo es necesario que ores, sino que lo hagas siempre, siempre. La oración no puede ser algo anecdótico en tu vida, que aparezca y desaparezca sin más. La oración es para el cristiano, es para ti, la fuente de vida. Sin ella, mueres. Pero, además, te dice Jesús que tienes que orar sin desfallecer. No puedes cansarte, porque la oración te transforma y transforma la realidad. ¿Oras a menudo, en el metro, en el coche, en tu casa, en silencio y, también, en medio de cualquier tarea? No dudes en dirigirte a Dios en cada momento. Pon en tu boca palabras como: “Señor, ten misericordia de mí”, “Padre bueno, gracias por tanto”, “Señor, yo te bendigo”, “Jesús mío, te presento esta necesidad”, “Dios mío, dame fuerzas para este trabajo”.
CONCLUSIÓN
Pues que este evangelio sea un recordatorio de que debes orar en todo momento, que siempre puedes crecer en cercanía con el Señor, y que es la oración la que te transforma, la que te da la vida y la verdadera felicidad.