Evangelio del día 1 febrero 2026 (Bienaventurados los pobres)

Domingo de la 4ª Semana del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

EVANGELIO (Mateo 5, 1-12a)

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

REFLEXIÓN

INTRODUCCIÓN

En el evangelio de hoy, se nos ofrece uno de los textos más bellos de todo el Evangelio: el Sermón del Monte, las bienaventuranzas. ¡Pueden decirse tantas cosas sobre ellas! Veremos que son una síntesis de todo el mensaje de Jesús, una fotografía de su corazón, de su espiritualidad y toda una hoja de ruta para el discípulo del Señor.

REFLEXIÓN Y PREGUNTAS

A propósito de este texto del evangelio de Mateo, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:

En primer lugar, Jesús nos regala hoy las bienaventuranzas. Según la traducción que se use, veremos que se habla de bienaventurados, dichosos o felices. Sea como sea, las bienaventuranzas hablan siempre de bendición, de dicha, de felicidad. Y eso precisamente es lo que más le gusta a Dios: Jesús se ha encarnado para bendecirnos, para llenarnos de dicha, de felicidad, para que seamos, no unos desgraciados, unos malditos, sino unos bienaventurados. Dios, aunque se le dibuje muchas veces airado, enfadado, muy dispuesto al juicio y al castigo, por el contrario tiene siempre en su boca estas palabras: “Dichoso tú, bienaventurado tú, bendito tú, feliz tú”. Y hoy, con las palabras de su Hijo Jesús, quiere bendecirte e indicarte el camino para que seas verdaderamente feliz.

Pero párate un momento, pregúntate: ¿cómo es tu imagen de Dios? ¿La de un dios muy dispuesto a juzgar y condenar, que sería en definitiva peor que cualquier padre o madre de este mundo? ¿O un Dios loco por bendecirnos, llenarnos de dicha y felicidad y hacernos en todo bienaventurados?

En segundo lugar, prestemos ahora atención al contenido de esas bienaventuranzas: “Dichosos los pobres en el espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos por causa de la justicia”. Pues bien, nadie ha encarnado mejor todo esto, este modo de ser, esta espiritualidad, este talante, que Jesús. Él es el pobre en el espíritu, el manso, el limpio de corazón. Y lo dice claramente en el evangelio: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón!”. Él es la misericordia y la paz hecha carne. Él ha sido perseguido y condenado por cumplir la justicia de Dios, por hacer su voluntad. Puede decirse, por tanto, que en estas palabras Jesús nos está regalando, en realidad, una fotografía de su corazón, de su espiritualidad, de lo que él es. Él ha vivido en plenitud la humanidad, hasta el fondo. Con razón se ha dicho que Jesús ha sido tan plenamente hombre como solo Dios podría haberlo sido. Por tanto, vivir la vida en plenitud consistirá en hacer realidad estas bienaventuranzas.

Ahora admírate, enamórate, fascínate con este Jesús que es plenamente Dios y plenamente hombre, y que ha vivido en plenitud amando y sirviendo.

En tercer lugar, como ya he anticipado, estas bienaventuranzas son toda una hoja de ruta para nosotros, para ti. Eso que Jesús es, eso que él ha vivido  plenamente, quiere que lo vivas también tú, quiere que seas como él. El seguidor de Jesús ha de configurarse con él, asemejarse a él. Cierto que se trata de algo completamente contracultural: porque el mundo a cada momento te dirá: “Ni caso a Jesús, la verdadera bienaventuranza es la riqueza, el dinero, el éxito, la posición social, el poder, el dominio, el placer superficial”. Pero ya lo has experimentado en alguna ocasión, ahí no hallarás ni felicidad ni paz. Por el contrario, si vives las bienaventuranzas de Jesús, este Sermón del Monte, él mismo te asegura que recibirás toda clase de bendiciones. Lo dice hoy: “Dde los que son así es el reino de los cielos, serán consolados, quedarán saciados, alcanzarán misericordia, verán a Dios, serán llamados hijos de Dios, de ellos es el reino de los cielos, su recompensa será grande en el cielo”. Esta es la verdad: quien tiene un corazón así, limpio, manso, misericordioso, lleno de paz, goza de la libertad y de la felicidad verdadera, de la dicha, de la bienaventuranza auténtica.

Tómate tú ahora el pulso: ¿eres pobre en el espíritu o engreído y orgulloso? ¿Eres manso, limpio de corazón, misericordioso o, más bien, crítico, soberbio o hipócrita? ¿Tienes hambre y sed de justicia, eres perseguido por ello o vives demasiado cómodo y descomprometido?

CONCLUSIÓN

Pues que este evangelio te lleve a vivir de un modo más pleno, más verdaderamente humano, como Jesús, amando, sirviendo, con esa mansedumbre, esa paz y esa misericordia que él ha mostrado en cada palabra, en cada gesto.

ORACIÓN

Señor Jesús, mi corazón está a años luz del tuyo. En mí habitan muchos egoísmos, orgullo, debilidades. Pero hoy tú me tomas de la mano. Tú quieres que camine por la senda  de las bienaventuranzas.

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