Evangelio del día 14 julio 2025 (El que dé a beber a uno de estos pequeños…)

Lunes de la 15ª Semana del Tiempo Ordinario

EVANGELIO (Mateo 10, 34 – 11, 1)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.

«El que os recibe a vosotros, me recibe a mí».

El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades.

REFLEXIÓN

INTRODUCCIÓN

En el evangelio de hoy, Jesús pone en el centro la radicalidad que exige seguirle: estar dispuesto a posponerlo todo, con tal de ganarle a él y su Reino; eso sí, con la promesa, con la esperanza, de que con él estaremos ganando todo.

REFLEXIÓN Y PREGUNTAS

A propósito de este texto del evangelio de Mateo, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:

En primer lugar, llama mucho la atención que Jesús inicie su discurso con esta frase, que nos deja descolocados: “No he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa”. Por supuesto que Jesús no está haciendo un llamamiento a la violencia o a la discordia. A lo largo del evangelio, Jesús se identifica siempre con la paz. Y así lo dice en las bienaventuranzas (“Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”); también cuando se define a sí mismo (“Soy manso y humilde de corazón”) o en sus saludos como resucitado (“Paz a vosotros”). San Pablo, por su parte, dirá en la carta a los Efesios: “Él es nuestra paz, vino a anunciar la paz”. Por tanto, Jesús y la violencia o la espada son incompatibles. Dicho esto, puede entenderse que con esas palabras Jesús está diciendo que seguirle de cerca, con radicalidad, suscitará rechazo, persecución y violencia contra sus seguidores. Esa es la espada de la que habla. Ese rechazo vendrá, incluso, por parte de familiares y amigos. Pero nada puede detener el seguimiento. Él promete darlo todo, pero esto, al mismo tiempo, exige de ti todo: “El que quiere a su padre, a su madre, a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”. El seguimiento de Jesús lo requiere todo: incondicionalidad, adhesión total, una fidelidad que llegue hasta estar dispuesto a perder la vida. Un seguimiento que supone morir. Sí, morir al egoísmo, luchar contra un corazón apegado a las cosas y seguir a Jesús con toda la mente, con todo el corazón, con todas las fuerzas, con palabras y obras. Lejos de acabar esto contigo, estas exigencias te darán la felicidad, la paz y la libertad verdaderas. Aquí halla sentido lo que dice Jesús: “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”. Solo con él, muriendo a ti, nacerás a ti. Solo evitando que tu corazón se pegue a todas las cosas, ganarás la Vida verdadera, que es plena y eterna, y que solo él puede darte. Seguro que lo has experimentado en distintas ocasiones. Cuando solo tienes corazón para  tus cosas, te caes, te agotas, te vacías. Y cuando te niegas a ti mismo y te entregas a él y a los demás, te encuentras. Esta es la promesa de Jesús: que cuando das lo que tienes, lo recibes todo a cambio y tu corazón se llena de alegría y de paz. Por eso, no lo dudes: pon a Jesús en el centro, déjalo todo por él y lo ganarás todo.

Pregúntate: ¿cuánto estás dispuesto a dejar por él?

En segundo lugar, quiero centrarme en esa otra expresión de Jesús: “El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”. Es muy doloroso, incluso vertiginoso, vivir de la confianza en Dios, sin apenas seguridades, renunciando incluso a uno mismo, exponerse a la incomprensión y a la persecución. Pero resulta que estas cruces, estas renuncias, Jesús las transforma en cruces gloriosas. La cruz con Jesús se transforma en resurrección y en vida. De manera radical, esta cruz la llevan muchos cristianos perseguidos, también hoy. Ellos saben muy bien qué cruz supone seguir a Jesús: incomprensión, persecuciones, exilio, incluso muerte. Hombres y mujeres que no se avergüenzan de él ni de sus palabras. Pero, además, este cargar con la cruz puede referirse también a otros sufrimientos de tu vida. Y él te invita a llevar la cruz con él, a vivir la vida con él, también tus sufrimientos y tus pruebas. Experimentarás que Jesús pone su hombro y que te hará todo más llevadero, con su fortaleza y con su amor.

Medita: ¿estás dispuesto a aceptar las renuncias que conlleva seguir a Jesús de verdad? ¿Sientes al Señor cerca en tus momentos de cruz?

En tercer lugar, quiero añadir dos ideas más del evangelio de hoy. Dice Jesús: “El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”. La identificación que traza Jesús entre él y sus enviados es total. Cuando anuncias el Evangelio, cuando haces el bien y sirves en nombre de Jesús, es él mismo, Cristo Jesús, quien está anunciando, amando y sirviendo. Por eso puede decirse que eres, como decían los santos padres, otro Cristo en la tierra. Estás llamado a configurarte con él, a hacerle presente en el mundo y a continuar su obra. ¡Qué preciosa misión y qué gran responsabilidad tienes! Continúa Jesús diciendo: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, no perderá su recompensa”. Aquí está la clave de todo el texto: seguir a Jesús es estar dispuesto a entrar en una lógica de donación, en ese dar, no ya un vaso de agua, sino tu tiempo, tu vida entera. Y en ese darte a ti mismo, hallarás verdadera alegría y paz.

¿Te sientes enviado por Jesús? ¿En tu vida brilla la lógica del dar o más bien esa otra lógica del retener, de ser egoísta, de pensar solo en ti y en tus intereses?

CONCLUSIÓN

Pues que este evangelio te lleve a vivir con más radicalidad tu seguimiento del Señor Jesús, negándote a ti mismo pero, al mismo tiempo, ganándote en el amor y el servicio a tus hermanos.

ORACIÓN

Señor Jesús, me queda muchísimo para vivir negándome a mí mismo. ¡Tantas veces me pongo por delante y me busco! Que mi mirada esté puesta en ti, en tu Reino. Que mi alma repose en tus manos. Quiero seguirte y servirte siempre, Jesús.

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