
Evangelio del día 12 junio 2026 (Sagrado Corazón de Jesús)
Sagrado Corazón de Jesús (Ciclo A)
EVANGELIO (Mateo 11, 25-30)
En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».
Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
Hoy la Iglesia celebra la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Una devoción extendida durante siglos en el pueblo de Dios, que ha visto en el corazón de Jesús toda la potencia y la ternura de Dios por cada uno de nosotros, un símbolo precioso del amor divino. Un amor dispuesto a todo, como nos dice el evangelio de Juan: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. En esta fiesta, en definitiva, celebramos que, en Jesús, Dios nos ha amado increíblemente, y que ese corazón del Señor está lleno de humildad y de mansedumbre.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de esta solemnidad y del texto del evangelio de Mateo que nos ofrece, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, aunque algunos pudieran pensar que esta devoción al Sagrado Corazón de Jesús está obsoleta o es cosa del pasado, hay que decir que nada más lejos de la realidad. Esta imagen del corazón como lugar de los sentimientos, del amor y de la gracia de Dios, está muy arraigada en la Escritura. El profeta Ezequiel nos ofrece estas palabras del Señor: “Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”. Hoy la Iglesia te invita a que mires el corazón de Jesús para que te fascines con el inmenso amor de Dios; más aún, para que, en ese corazón, aprendas a amar con él y como él. Y ese amor se va a revelar, como nos dice el texto de hoy, no a sabios y entendidos, cuya mirada está puesta solo en el poder, el dominio y el éxito, sino a los pequeños. Esos pequeños que se asoman al corazón de Jesús ven que ahí no hay poder, imposición o temor, sino amor, cercanía y misericordia. Y. este amor quiere darse totalmente a aquellos más necesitados. A ellos quiere abrirles sus corazón. Jesús no dice: «Venid a mí los puros, los justos, aquellos que tenéis éxito y poder, porque soy la perfección, el poder y la gloria». No. Jesús tiene un corazón de carne, una cercanía absoluta con nosotros y, especialmente con los últimos, los pobres, los marginados, los pecadores. Por eso dice: «Venid a mí los cansados y agobiados». Te pide que te acerques a su corazón en medio de tus cansancios y agobios, no para juzgarte o supervisarte o para cargarte con nuevos fardos y yugos o con más exigencias. No. Lo dice a lo largo del evangelio: “No he venido a juzgar, sino a salvar, a dar vida”. Jesús te dice hoy: «Ven a mí cansado y agobiado, que yo te aliviaré. Mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Por eso, no temas. Ve a él. Lo encontrarás con el corazón abierto para acogerte con suavidad, mimarte, acariciarte, consolarte, aliviarte. Así es Jesús. Así es tu Dios.
Pregúntate: ¿temes acercarte a Dios o has experimentado ya la grandeza de su corazón, su cercanía, su acogida, sus caricias?
En segundo lugar, Jesús nos entrega hoy una fotografía de su corazón. Y en ese corazón vemos el rostro de Dios. Lo dice así en el evangelio de hoy: «Soy manso y humilde de corazón». Los judíos soñaban con un mesías político, con mano fuerte y brazo extendido, y un ejército feroz, que pusiera a Israel a la cabeza de todos los pueblos. Nosotros no somos muy diferentes y tenemos también aires de grandeza, de éxito, de poder. Jesús, por el contrario, nos muestra cómo es: manso, sereno, pacífico. En él no hay soberbia, egolatría u orgullo. Lo suyo es vivir desde el corazón, y un corazón humilde. Así es Jesús y así has de ser tú. Por eso, aléjate de toda agresividad, rencor, odio, violencia, de esa frialdad. Aléjate de la soberbia. Lo tuyo, seguidor de Jesús, es vivir desde el corazón. Lo tuyo es la mansedumbre y la humildad.
¿Cómo es tu corazón? Se parece algo al de Jesús o es rencoroso, soberbio, altanero?
En tercer lugar, me gustaría traer aquí una de las frases más famosas de la historia del cristianismo, una preciosa sentencia de san Agustín: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Lo sabes bien: hay en ti un movimiento de inquietud, de búsqueda, que solo hallará descanso en ese corazón de Jesús. Solo en él hallarás consuelo, serenidad, paz. ¡Cuántas veces has buscado felicidad y plenitud donde no estaba! Diversiones, bajezas, trivialidades… Y esos falsos amores, esas aguas estancadas te pusieron malo, te trajeron nada y vacío. Pero en el corazón de Jesús hallarás una fuente cristalina, donde puedes saciar tu sed. Él es ese corazón bueno, ese hogar donde hallarás verdadero descanso. Él te dice hoy: «En mí encontraréis descanso para vuestras almas». Tírate en su brazos, reposa tu cabeza en su pecho, escucha el latir de su corazón, y deja que él traiga paz a ti. Solo él puede saciar ese ansia que hay en tu corazón.
Haz memoria de las veces que te has alejado de ese corazón de Jesús y piensa cómo te sentiste y qué trajo a tu vida. Y piensa ahora en el amor de su corazón y dale gracias por esa paz y esa felicidad que sientes hoy.
CONCLUSIÓN
Pues que esta fiesta y este evangelio no solo te lleven a buscar a Jesús con todas tus fuerzas, a reposar en su regazo y sentir su consuelo y alivio, sino que te ayuden a ir haciendo de tu corazón, como el de Jesús, un corazón más manso y compasivo.
ORACIÓN
Señor Jesús, eres maravilloso. Gracias por ser descanso en mis cansancios, consuelo en mis agobios, sanación en mi enfermedad, paz en medio de mis inquietudes. Haz de mi corazón uno semejante al tuyo. Que jamás me vaya de tu lado, porque sé que en ti mi corazón ha encontrado lo que siempre ha buscado.