
Evangelio del día 2 junio 2026 (Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios)
Martes de la 9ª Semana del Tiempo Ordinario
EVANGELIO (Marcos 12, 13-17)
En aquel tiempo, le envían a Jesús algunos de los fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta. Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad.
«Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?». Adivinando su hipocresía, les replicó: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea». Se lo trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le contestaron: «Del César». Jesús les replicó: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Y se quedaron admirados.
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
En el evangelio de hoy, los fariseos y herodianos, tan duros para aceptar el testimonio de Jesús, se acercan a él, no con sinceridad, sino para tenderle una trampa. Jesús responderá con una de las frases más célebres de la historia, no ya de la Iglesia, sino de la humanidad: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de este texto del evangelio de Marcos, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, quiero explicar brevemente el porqué de esta pregunta que plantean a Jesús. Palestina era un territorio ocupado por el Imperio Romano. Y no solo ocupado militarmente, sino sometido a todo tipo de impuestos, muchas veces abusivos y que llevaban a la miseria a una parte importante de la población. En concreto, este pago del impuesto al César suscitaba reacciones encendidas. Algunos grupos (como los saduceos y los herodianos, colaboradores del Imperio) eran partidarios de su pago, pero otros, como los fariseos, lo consideraban ilícito para un judío piadoso. Ni qué decir de los zelotas, esos judíos celosos de la ley que consideraban este impuesto indignante, humillante. El quid de la cuestión está aquí: ¿puede moralmente un israelita, que adora al único Dios verdadero, pagar un impuesto personal al emperador romano, que se presentaba con aire de dios y hacerlo con una moneda impura con su efigie? No solo era una lacerante cuestión social, sino una profunda cuestión religiosa.
En segundo lugar, quiero que te detengas un momento para fijarte en la actitud de esos fariseos y herodianos. No se acercan al Señor para alcanzar la verdad, para conseguir una voz autorizada o una guía moral. No. Se acercan hipócritamente para tentarle, para hacerle tropezar. Además, lo hacen con todos los adornos, queriendo seducir a Jesús desde el inicio: “Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”. Y, como un puñal, lanzan a continuación la difícil y ambigua pregunta: “¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?”. Está claro que si Jesús dice que es lícito pagarlo, muchos judíos piadosos y gente sencilla le acusará de colaboración con el Imperio y perderá popularidad. Pero si dice que no es lícito pagar dicho impuesto, que no hay que hacerlo, será fácilmente denunciado y condenado por la autoridad. Jesús, que conoce lo que hay en el corazón humano, nos dice el evangelio que advirtió rápidamente su hipocresía.
Mírate ahora a ti. Tú también en ocasiones eres hipócrita, sinuoso, te acercas a la realidad y a tus hermanos con dobles intenciones. Mira a tu corazón: ¿eres sincero, de una pieza, en tus conversaciones, o dejas demasiado a menudo entrar en tu boca palabras interesadas, dobleces e hipocresías?
En tercer lugar, conviene que nos detengamos ahora en la respuesta de Jesús, que nos dice el evangelio que dejó a todos admirados. El Señor manda traer la moneda del impuesto, un denario, y pregunta: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”. Le contestan: “Del César”. Jesús les replica: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pero, ¿qué significa esta frase? Está claro, en principio, que Jesús está distinguiendo deberes cívicos con la autoridad y deberes religiosos para con Dios. Pero Jesús no los opone, los hace de algún modo complementarios: lo temporal y lo espiritual, lo político y lo religioso, la autoridad civil y el Reino de Dios. En su respuesta no está sacralizando la autoridad del mundo, pero sí le reconoce cierta autoridad, siempre que esta autoridad esté ordenada al bien y al bien de todos, al bien común. Está claro que los cristianos no podemos recluirnos en el ámbito estrictamente religioso sino que hemos de brillar como ejemplares ciudadanos. Pero, al mismo tiempo, Jesús deja claro que lo primero es “dar a Dios lo que es de Dios”, es decir, su ley, sus mandamientos, servirle a él y a los hermanos. Esta tensión que manifiesta la respuesta de Jesús quizá pueda aclararse en esa conocida frase: se trata de ser “buenos cristianos y honrados ciudadanos”.
Pregúntate tú ahora: ¿eres buen ciudadano, cumples con tus obligaciones, eres visto por los que te rodean, incluso por los no creyentes, como una persona de bien, digna de fe, creíble y testimonial?
CONCLUSIÓN
Pues que este evangelio te lleve a huir de toda hipocresía, a profundizar en tus compromisos con Dios, de amor a él y al prójimo, y también con tus compromisos como ciudadano, un testimonio de buen cristiano y de honrado ciudadano.
ORACIÓN
Y, para terminar, me gustaría que terminaras esta reflexión escuchando un fragmento de la Carta de Diogneto, un escrito cristiano precioso del siglo II, que sin duda te servirá hoy de meditación:
“Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros. Toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida”.