Evangelio del día 23 abril 2026 (Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre)

Jueves de la 3ª Semana de Pascua

EVANGELIO (Juan 6, 44-51)

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado».

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

REFLEXIÓN

INTRODUCCIÓN

En el evangelio de hoy, Jesús se sumerge más profundamente en el bello discurso del pan de vida. Hoy abordará dos grandes temas: el origen de la fe en él (“Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre”), y que él es el pan vivo que da vida al que lo come (“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre”).

REFLEXIÓN Y PREGUNTAS

A propósito de este texto del evangelio de Juan, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:

En primer lugar, justo antes de este texto de hoy, los judíos murmuran porque Jesús ha dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo”. Dicen: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». Jesús toma la palabra y les dice: «No critiquéis”. Los judíos apenas tienen ojos para ver lo que tienen delante de sus narices. Solo atienden a lo superficial, lo terreno, lo humano, la sangre. Pero Jesús, como a Nicodemo, está invitándote a nacer de nuevo, a mirar más allá. No tiene sentido fijarse en detalles nimios del origen terreno de Jesús, de su familia o de su Nazaret. Descubre su identidad, su origen divino, su ser Hijo de Dios. Descubre en Jesús, por tanto, no solo palabras sabias, sino la locura de un amor, la locura de la encarnación. Jesús significa, más aún, Jesús es la locura de amor de Dios por ti, que le ha llevado a tomar carne para hacérsete cercano, accesible, tierno. 

Pregúntate: ¿te vas a quedar en una mirada superficial, crítica, escéptica o vas a abrir tu corazón para dejarte seducir por esta locura amorosa de Dios?

En segundo lugar, dice Jesús: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Traigo de nuevo aquí esas palabras del papa emérito Benedicto XVI: «No se comienza a ser cristiano por una gran idea o una decisión ética». Tú no tienes fe por causalidad, por mera tradición, porque toca o porque algo te convence, sino porque has sido regalado con la fe. La fe es un don, un regalo inmerecido, una llamada de Dios. Sí. Dios te ha llamado, te ha llamado a tener fe, te ha empujado hacia él, te ha atraído con lazos de amor, te ha abierto los ojos, te ha iluminado, te ha concedido el don de encontrarte con él, te ha dado el regalo de reconocer en Jesús a su enviado, a su amor hecho carne. Y, además, Jesús cita al profeta Isaías para añadir: “Serán todos discípulos de Dios”. No se trata, por tanto, solo del pueblo elegido de Israel. No se trata únicamente de ti, afortunado, privilegiado. Dios quiere que todos sean discípulos suyos, que todos sus hijos conozcan su amor y su verdad. 

¿Te sientes afortunado, privilegiado por haber recibido el don de la fe? ¿Qué haces tú para que Dios pueda darse a conocer a todos sus hijos?

En tercer lugar, es en Jesús en quien está la verdad. Él y solo él puede revelar plenamente a Dios. Porque solo él le conoce en profundidad, en intimidad. Lo dice expresamente: “No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre”. Y Jesús nos ha revelado a Dios para que tengamos vida. Conocer a Dios, acogerle, amarle, vivir con él es tener vida. Vivir con Dios constituye la vida verdadera. Y nos lo dice hoy Jesús una y otra vez: «Yo lo resucitaré en el último día… El que cree tiene vida eterna… Yo soy el pan de la vida… El que come de este pan vivirá para siempre… El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”. Todo remite a la vida. Y para ello vuelve de nuevo a la imagen del maná. Ese pan, ese maná que comieron los judíos en el desierto, solo les ayudó a subsistir, pero ni siquiera a alcanzar la verdadera tierra prometida. Soy yo, nos dice Jesús, el pan que os hace, no ya subsistir, sino existir para siempre, el que te lleva a la tierra prometida auténtica, definitiva. Una vida eterna que no remite tanto a una duración indefinida (vivir siempre, siempre, siempre), sino a una calidad radicalmente diferente. La vida eterna es vivir en plenitud, es el sueño cumplido, anhelado, profundamente deseado. 

¿Crees en la vida eterna? ¿Esa esperanza en la vida eterna cambia ya tu vida actual, te llena de esperanza, de alegría, y también de compromiso con tus hermanos? ¿Te transforma?

CONCLUSIÓN

Pues que este evangelio te lleve a conmoverte ante un Dios que ha llegado a hacerse uno de nosotros por amor. Que sientas la llamada de hacerle conocer, pues él quiere llegar a todos sus hijos. Y vivas esperanzado con su promesa, porque tú un día resucitarás. Porque tú ya tienes vida eterna.

ORACIÓN

Dios, Padre bueno, eres un Dios maravilloso. Tu amor es infinito. Gracias por alimentarme, por sostenerme, por hacerme partícipe de tu felicidad, de tu vida eterna. Haz que esa esperanza transforme desde ya mi vida entera.

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