Evangelio del día 16 enero 2026 (Hijo, tus pecados te son perdonados)

Viernes de la 1ª Semana del Tiempo Ordinario

EVANGELIO (Marcos 2, 1-12)

Euando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaún, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta. Y les proponía la palabra. Y vinieron trayéndole un paralítico llevado entre cuatro y, como no podían presentárselo por el gentío, levantaron la techumbre encima de donde él estaba, abrieron un boquete y descolgaron la camilla donde yacía el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dice al paralítico: «Hijo, tus pecados te son perdonados». Unos escribas, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: «¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo uno, Dios?».

«Para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dice al paralítico—: ‘Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’».

Jesús se dio cuenta enseguida de lo que pensaban y les dijo: «¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate, coge la camilla y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados —dice al paralítico—: “Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa”». Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios, diciendo: «Nunca hemos visto una cosa igual».

REFLEXIÓN

INTRODUCCIÓN

El evangelio de hoy nos presenta un milagro muy conocido. Jesús está en una casa rodeado de un gran gentío. Unos hombres abren un agujero por el tejado y descuelgan a un paralítico ante el Señor. Jesús se asombra de su fe, perdona los pecados a ese hombre y, finalmente, obra un milagro increíble. Ante el asombro de todos, el paralítico toma su camilla y echa a andar. 

REFLEXIÓN Y PREGUNTAS

A propósito de este texto del evangelio de Marcos, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:

En primer lugar, posiblemente el hecho que más llama la atención es la fe y la determinación de esos hombres que llevan a un paralítico en una camilla. Se ven incapaces, por la multitud, de hacerlo llegar ante Jesús. Pero confían plenamente en él y en su poder. Por eso no dudan en abrir un boquete en el tejado para descolgarlo con unas cuerdas y ponerlo ante él. Imagina la escena, el ruido, la arena cayendo encima de los presentes, todo con tal de llegar a Jesús. El mismo Jesús se asombra de su fe. Frente a esta actitud,  se encuentran los escribas y fariseos, incapaces de ver esta grandeza. Solo saben murmurar: “¿Quién es este que dice blasfemias?”, exclaman. Tienen el corazón tan embotado que no pueden ver la gloria de Dios actuando en Jesús y en los corazones de esa gente.

Pregúntate tú: ¿cómo está tu corazón? ¿Ves las acciones de Dios o murmuras, criticas, vives la vida con la misma amargura que los escribas y fariseos? ¿Tienes una fe capaz de luchar contra lo imposible con tal de llegar hasta Jesús?

En segundo lugar, es importante decir que la sanación que ofrece Jesús es integral. No se trata solo de curar y listo, sino de salvar. Por eso Jesús dice al paralítico: “Tus pecados están perdonados”. La salvación más importante es esta: reconciliar a la persona con Dios, consigo mismo, con los demás. Jesús perdona primero los pecados de este hombre y, finalmente, para manifestar que esa salvación quiere Dios que llene todo su ser, obra el milagro de la sanación física. Quién está con Jesús, ve toda su vida sanada, salvada. De poco valdría que el Señor te devolviera la salud física si en ti no hay fe, paz, ilusión, alegría, esperanza, amor a Dios y a los hermanos, amor incluso a ti mismo. ¡Cuántas personas sanas, llenas de lujos y éxitos externos, están llenas de amargura en su corazón y viven como condenadas! Mira a los escribas y fariseos del evangelio: ricos, bien considerados, supuestamente justos, pero ellos mismos viven condenados por su amargura, cerrazón y pesimismo.

¿Tu fe en Cristo Jesús es sanadora? ¿Sientes su alegría, su paz, su esperanza? ¿Tu fe, en definitiva, llena y transforma todo tu ser?

En tercer lugar, quiero que centres la mirada en lo más importante: Jesús perdona los pecados. Los escribas y fariseos tienen razón cuando exclaman: “¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?”. Jesús es, ciertamente, el Hijo de Dios, aquel que nos reconcilia con Dios. Y, si alguien tiene duda de ello, lo demuestra con un milagro espectacular. Su milagro tiene fuerza de prueba: “Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados, a ti te digo: ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa’. Y, al punto, se levantó”. No hay fuerza más destructora que el pecado. Lo has experimentado muchas veces: has fallado, a veces estrepitosamente. Pero Jesús es quien puede perdonar tus pecados: los pasados, los presentes, los futuros. Él es quien te dice: “¡Levántate! No quiero que te revuelvas en tu pecado. Tú vales más que tu pecado. Yo lo hago en ti todo nuevo. Eres una persona maravillosa. El pecado no te pertenece”. Déjate sanar por él.

¿Vas a pedir perdón de corazón al Señor por todos tus pecados? ¿Te vas a dejar sanar por él? ¿Hace cuánto tiempo no te confiesas?

Ahí, en el  sacramento de la reconciliación, Jesús quiere decirte: “¡Levántate, echa a andar!”.

CONCLUSIÓN

Pues que este evangelio te lleve a vivir confiado en el Señor Jesús, a acoger su sanación, su salvación, el perdón de tus pecados, para echar a andar sin cargas, con agilidad, amando a Dios y a los hermanos.

ORACIÓN

Dios, Padre bueno, ya conoces mi vida. Soy un pecador. Yo también me encuentro postrado en esa camilla. Pero tengo plena fe en ti. Sé que me amas y que tienes poder para sanarme y liberarme. Dame tu perdón, tu gracia y tu amor. Yo te confieso como el Hijo de Dios que puede hacer de mí una persona sana, plena, nueva. Tú puedes hacer en mí maravillas.

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