Evangelio del día 21 noviembre 2025 (Jesús echó a los vendedores del templo)

Viernes de la 33ª Semana del Tiempo Ordinario

EVANGELIO (Lucas 19, 45-48)

En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa será casa de oración”; pero vosotros la habéis hecho una “cueva de bandidos”».

«Todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo».

Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.

REFLEXIÓN

INTRODUCCIÓN

El evangelio de hoy nos ofrece el pasaje de la expulsión, por parte de Jesús, de los mercaderes del templo. Los evangelios sinópticos (es decir, Mateo, Marcos y Lucas) lo sitúan al final del ministerio de Jesús, mientras que Juan lo hace al principio, para manifestar algo en lo que insistiré: que esta acción profético-simbólica sintetiza todo el mensaje y el misterio de Cristo.

REFLEXIÓN Y PREGUNTAS

A propósito de este texto del evangelio de Lucas, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:

En primer lugar, quiero explicar el sentido profundo de esta acción de Jesús. A menudo se cree que él expulsa a los mercaderes del templo para evitar que se convierta en un mercado y en lugar de negocio. Y ciertamente algo de eso hay. Pero es mucho más. De hecho, como he anticipado, se trata de un acontecimiento que resume prácticamente todo el mensaje y el misterio de Jesús. Lo primero que hay que entender es que el templo de Jerusalén era el corazón de la fe judía, donde se creía que habitaba Dios, el lugar del culto y de los sacrificios que se ofrecían al Señor. Pero, lejos de eso, constituía en realidad un lugar de exclusión absoluta. Estaba compuesto por distintos recintos, unos dentro de otros. El más exterior era la explanada (el llamado “atrio de los gentiles”), donde podían estar judíos y paganos; al siguiente recinto, bajo amenaza de muerte, solo podían acceder los judíos, nunca los gentiles, pero tampoco los impuros (es decir,  enfermos, publicanos o pecadores públicos); al siguiente recinto, donde se ofrecían los sacrificios, solo podían acceder los varones; al siguiente, solo los sacerdotes, y al siguiente, el último, al que llamaban “Sancta Sanctorum” (es decir, el santo de los santos), donde creían que habitaba Dios, solo el sumo sacerdote una vez al año, en la fiesta de la Expiación. Cuando Jesús entra en el templo y derriba las mesas de los cambistas (que ofrecían la moneda propia del templo con grandes intereses) y derriba también los puestos de los vendedores (que ofrecían los animales que iban a ser sacrificados, y que debían ser puros), Jesús está diciendo: “Este sistema no es de Dios, este culto Dios no lo quiere, no ofrezcáis estas cosas a Dios”. O, dicho de otro modo, Jesús está gritando: “El culto a Dios no puede ser ni exclusivo ni excluyente; el verdadero culto no distingue entre judíos y extranjeros, entre hombres y mujeres, entre sanos y no sanos, entre gente pura y bendita ante Dios y gente que no lo sería”. Con este gesto, Jesús está clamando por la verdad: Dios ama y acoge a todos, sin distinción. Todo ser humano es bendito, sagrado y recibido por Dios, que no hace acepción de personas.

¿Eres tú de los que discriminas y haces distinción de personas? ¿O tienes experiencia de que Dios acoge a todos sus hijos y se acerca a ellos, especialmente a los más necesitados? 

En segundo lugar, dice el texto que los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él. La fe judía se sustentaba en tres patas fundamentalmente: la ley, el sábado y el templo. Respecto a la ley, Jesús dice en el evangelio: “Habéis oído que se os dijo, pues yo os digo”. Con estas palabras, Jesús se situaría por encima de la ley. Respecto al sábado, Jesús realiza curaciones en este día en que estaba prohibido, incluso afirma que “el hombre no se hizo para el sábado sino el sábado para el hombre” o que “el hijo del hombre es señor del sábado”.  Finalmente, con esta acción en el templo que hoy vemos, Jesús está cuestionando que ese templo, que ese sistema de sacrificios, sea agradable a Dios. Jesús pone así en jaque el credo judío cuestionando la ley, el templo y el sábado. “Conviene que uno muera por el pueblo”, dirá Caifás. Conviene que Jesús muera, dirá este sumo sacerdote ante su sanedrín. A Jesús le cuesta la vida mostrar el rostro del Dios verdadero, que ama a todos sin distinción, que sana siempre sin excepción, que llama a sus hijos a una ley más radical: la ley del amor.

¿Crees de corazón en este Dios de Jesucristo o sigues enredado en imágenes de un dios legalista y excluyente? ¿Qué estás tú dispuesto a hacer para que este Dios maravilloso sea más conocido y más amado?

En tercer lugar, quiero fijarme en la última frase que nos ofrece el evangelio de hoy: “Todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo”. Mientras las autoridades judías traman y conspiran para acabar con Jesús, el pueblo sencillo, que tiene una especie de sexto sentido, sabe que en Jesús hay palabras de vida eterna, que en él se cumplen las profecías sobre el Mesías, que él es en definitiva el Hijo de Dios hecho carne. La Iglesia afirma esta verdad: que existe en el pueblo de Dios un “sensus fidelium”, un sentido por el cual los fieles reconocen la verdad de Dios.

¿Tienes en tu interior un sentido de cómo es verdaderamente Dios, fruto de tu trato familiar con él? ¿Dónde te hallas tú: en el pueblo sencillo que escucha al Señor y lo ama de corazón o en esos sabios y autoridades que conspiran, critican y se lían en minucias y crean división en el seno del pueblo de Dios?

CONCLUSIÓN

Pues que este evangelio de hoy sea para ti una ocasión preciosa para alegrarte infinitamente de tener un Dios tan increíblemente bueno, amoroso con todos sus hijos, un Dios que no excluye jamás. Y únete a Jesús con todas tus fuerzas, a él que por tu amor, por revelarte el rostro del Dios Amor, ha estado dispuesto a morir en la cruz. Que tú, como ese pueblo sencillo fascinado por Jesús, estés pendiente de él, escuches su voz y la hagas vida.

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