Evangelio del día 20 noviembre 2025 (¡Si reconocieras lo que conduce a la paz!)

Jueves de la 33ª Semana del Tiempo Ordinario

EVANGELIO (Lucas 19, 41-44)

En aquel tiempo, al acercarse Jesús y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos.

«¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz!».

Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita».

REFLEXIÓN

INTRODUCCIÓN

El evangelio de hoy nos presenta a un Jesús entristecido al ver a una Jerusalén que es incapaz de reconocer y acoger lo que Dios quiere regalarle: la paz que solo Jesús, el Hijo de Dios, puede traer. Jesús anticipa, con esas lágrimas, el acontecimiento histórico de la terrible destrucción de Jerusalén. El ejército romano, dirigido por el futuro emperador Tito, conquistó la ciudad de Jerusalén y destruyó el templo en el año 70. Más de un millón de personas murieron durante el asedio y unas cien mil fueron capturadas y esclavizadas. Una tragedia máxima.

REFLEXIÓN Y PREGUNTAS

A propósito de este texto del evangelio de Lucas, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:

En primer lugar, conviene situar el texto. Jesús acaba de entrar triunfante en Jerusalén. Pero, justo después, llora sobre ella porque la gente ignora la verdad de Dios. Los judíos que le han recibido con vítores esperan de él un triunfo político que no se dará. Al contrario, a Jesús le espera la cruz y la muerte. El corazón de Israel está obstinado. No sabe reconocer que la verdadera paz la trae Jesús, el Mesías de Dios. Tú también vives, muchas veces, en la obstinación y la cerrazón. Jesús ha entrado también triunfante en tu ser y espera que le reconozcas como señor de tu vida, y te pongas a servir con él y como él. Que Jesús no tenga que decirte como a Jerusalén: “Tú tampoco reconociste el tiempo de mi visita; vives ajeno a lo que conduce a la paz verdadera, que soy yo”.

Pregúntate también: ¿eres como esos judíos, de los que alabas a Jesús en momentos de gozo, pero acabas rechazándole mil veces en tu día a día y alejándote en los momentos de prueba? ¿O ha encontrado Jesús en ti una acogida sincera y total?

En segundo lugar, resulta conmovedor ver a Jesús llorar. En otro lugar del evangelio, respondiendo a Felipe, Jesús dice: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Si Jesús llora, Dios, por tanto, llora. Dios llora cada vez que sus hijos se van lejos de él, cada vez que ve a sus pequeños sufrir hambre, guerras, injusticias, toda clase de abusos y desprecios. Dios llora también cuando tú no tienes espacio para él, cuando te entregas al pecado y a la superficialidad.

¿Qué motivos das tú a Dios para que esté triste? ¿Consuelas a Dios mitigando el sufrimiento de sus hijos, especialmente de los más vulnerables?

En tercer lugar, conviene prestar atención a lo que quiere transmitirnos Lucas. El rechazo de Cristo por parte del pueblo de Israel, la destrucción del templo de Jerusalén, no es el final de la salvación obrada por Dios, sino punto de partida del nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. La Buena Noticia rechazada por Israel es posibilidad para que el Evangelio se extienda a los gentiles, hasta los confines del orbe. San Pablo dice: “Todo sucede para bien de los que aman a Dios”. Incluso los dichos más cotidianos sustentan esta verdad: “No hay mal que por bien no venga” o “Dios escribe recto con renglones torcidos”. Así es el poder de Dios. Y así lo hace también contigo. Tus rechazos, tus pecados, tus olvidos de que él es la paz… no son el punto final. Si le cierras la puerta a Dios, entrará por la ventana. Tu negativa es solo para él una posibilidad para amarte con más fuerza.

¿Vas a dejarte encontrar por este amor increíble de Dios?

CONCLUSIÓN

Pues que este evangelio de hoy te llegue profundamente al corazón. Que reconozcas a Jesús como la verdad y la paz de tu vida. Que enjugues sus lágrimas con una vida de amor a Dios y a los hermanos. Y que te dejes encontrar una y otra vez por él, que quiere llegar a los confines de tu ser y llenarte por completo con su misericordia y su paz.

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