
Evangelio del día 3 mayo 2025 (Santos Felipe y Santiago, apóstoles)
Santos Felipe y Santiago, apóstoles
EVANGELIO (Juan 14, 6-14)
En aquel momento, dijo Jesús a Tomás: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?
«Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».
Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
Hoy, día 3 de mayo, la Iglesia celebra la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago. Se celebra su fiesta conjuntamente porque en época bizantina, hacia el siglo VI, se fundó en Roma una basílica que conserva las reliquias de los dos apóstoles. Ambos nos muestran la belleza de seguir a Jesús de cerca, de anunciarle con palabras y obras, y de entregar la propia vida, por él, hasta el final.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de esta fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago, y del texto del evangelio que nos ofrece, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, quiero dirigir la mirada al apóstol Felipe. Nos dice el evangelio de Juan que era natural de Betsaida de Galilea, del mismo lugar que Pedro y Andrés. Fue primero discípulo de Juan Bautista, y siguió a Jesús cuando éste le dijo «Sígueme». Justo después, Felipe fue a decirle entusiasmado a Natanael: «Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret». Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael, que dijo “¿De Nazaret puede salir algo bueno?», Felipe le dirá con convicción: «Ven y verás». Felipe aparecerá en otros pasajes, como en la multiplicación de los panes o cuando unos griegos manifestaron su deseo de conocer a Jesús. Pero el pasaje más importante donde aparece Felipe, de los textos más impactantes de todo el evangelio, es el que nos ofrece la liturgia de hoy. Durante la última Cena, Felipe dirá a Jesús: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8). Jesús le responde: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. El apóstol Felipe acabará entregando al Señor y al anuncio del Evangelio la vida entera: evangelizando Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte en Hierópolis (actual Turquía), con un suplicio que, según algunos, fue crucifixión y, según otros, lapidación. En definitiva, Felipe nos recuerda que ver a Jesús es ver a Dios. En la Palabra del Señor, en sus obras, en toda su persona, se nos ha revelado un Dios increíblemente cercano, bueno, compasivo. Hoy Felipe, testigo apasionado de Jesús, te dice también a ti: «Ven y verás».
Por eso, pregúntate: ¿te acercas tú al Señor? ¿Vives con él una profunda amistad? ¿Caminas a su lado?
En segundo lugar, dirijamos ahora la mirada a Santiago. No se trata de Santiago, el hijo del Zebedeo, hermano de Juan, que era apodado «el Mayor», sino de otro Santiago apellidado «el Menor», hijo de Alfeo, que aparece también en las listas de los doce Apóstoles elegidos personalmente por Jesús. Era originario de Nazaret y probablemente pariente de Jesús, por eso es también llamado «hermano del Señor”. San Pablo nos dice en su primera carta a los Corintios que Cristo resucitado se apareció a Santiago. Fue obispo de la primera comunidad judeocristiana de Jerusalén. Y el libro de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta también que, en el concilio celebrado en Jerusalén, Santiago afirmó que los gentiles, los paganos, podían ser aceptados en la Iglesia sin tener que someterse a la circuncisión judía. El historiador judío Flavio Josefo dejó escrito que Santiago fue lapidado en el año 62. De Santiago es, además, la carta del Nuevo Testamento que lleva su nombre: la Carta de Santiago. En ella insiste mucho en la importancia de que la fe no sea abstracta, sino que se haga concreta en obras, en compartir los bienes con los pobres y los necesitados. Dirá Santiago bellamente en su carta: «Lo mismo que el cuerpo sin aliento está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (St 2, 26).
Pregúntate: ¿tu fe está llena de obras concretas de amor y servicio a tus hermanos? ¿O a menudo es solo una pátina, una abstracción, una teoría?
En tercer lugar, quiero que, como Felipe y Santiago, pongas tu nombre en la lista de los discípulos que el Señor llamó personalmente. Tú también has sido amado por él, llamado por él. Tú también eres apóstol, es decir, enviado por él. Enviado a ser testigo de su Buena Noticia, de su amor y de su salvación. Y en el Evangelio de hoy el Señor te dice: “Si crees en mí, también tú harás las obras que yo hago, y aún mayores”. Créetelo. Has sido enviado para continuar las obras de Jesús: anunciar buenas noticias, esperanzar a los desesperanzados, acoger a los últimos, consolar a los tristes, sanar a los enfermos. Que hayas sido llamado por Jesús es una maravilla inmerecida, pero también una responsabilidad.
¿De qué manera en tu vida más concreta estás realizando las obras de Jesús? ¿Cómo podrías hacer para que tus palabras y tus obras se parecieran más a las de él?
CONCLUSIÓN
Pues que esta fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago te lleve a renovar tu vocación, la llamada que te ha hecho Jesús. Una llamada a estar con él, a descansar en él y a ir de su parte hasta el fin del mundo, dando testimonio de su Buena Noticia de alegría y de salvación.
ORACIÓN
Señor Jesús, hoy quiero decirte que cuentes conmigo. Llámame, envíame. Quiero vivir más y más en ti, reposar en tu pecho, descansar contigo, sentir tu amor, pero no para retenerlo, sino para llevarlo a los demás, especialmente a los que necesitan más tus caricias, tu sonrisa y tu cuidado.