
Evangelio del día 24 julio 2026 (Tierra buena que produce ciento por uno)
Viernes de la 16ª Semana del Tiempo Ordinario
EVANGELIO (Mateo 13, 18-23)
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador: si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
«Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra».
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
REFLEXIÓN
INTRODUCCIÓN
En el evangelio de hoy, Jesús nos ofrece la interpretación de su célebre parábola del sembrador. Da por supuesto que el sembrador, Dios Padre, y él mismo, su Hijo Jesucristo, han sembrado abundantemente, han distribuido la semilla por todas partes, con entusiasmo y esperanza. Da por supuesto también que esa semilla es buena, que tiene un potencial enorme, que tiene una fuerza interior, el Espíritu Santo, capaz de obrar maravillas. Con esta explicación de la parábola quiere Jesús hacer hincapié en que el quid de la cuestión, para que esa semilla dé fruto, está en la tierra donde cae, en el terreno que la acoge.
REFLEXIÓN Y PREGUNTAS
A propósito de este texto del evangelio de Mateo, me gustaría compartir contigo tres reflexiones:
En primer lugar, Jesús explica esa primera referencia de la parábola: “Una parte cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se la comieron”. Dice: “Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en el corazón”. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Está claro que quien no abre, ni siquiera una rendija, en su mente y en su corazón a la presencia y a la Palabra de Dios, no puede aprovecharse de ese fruto maravilloso que Dios quiere dar a todos sus hijos. Jesús continúa: “Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra y, como la tierra no era profunda, brotó enseguida, pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó”. Y explica: “Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe”. Esta situación seguramente se acerca mucho más a la realidad de tu vida. Quizá no te identifiques tan fácilmente con ese borde del camino que no acoge la Palabra de Dios, pero sí ves que te sucede lo que en el terreno pedregoso. Tienes momentos en que, motivado, ves la importancia de Dios en tu vida, te abres a él, quizás porque has vivido algo especial en una comunidad, en un grupo, en una convivencia o en una celebración, y te llenas de alegría. Pero finalmente dejamos que caiga en saco roto y el día a día, el estrés, la pereza o, más aún, las dificultades acaban haciendo imposible que cuides tu relación con Dios, tu vida de fe y de comunidad.
Sé sincero: ¿te pareces algo a este terreno pedregoso? ¿Eres inconstante para acoger cada día a Dios y su Palabra?
En segundo lugar, quiero mirar ese tercer terreno de la parábola: “Otra parte cayó entre abrojos, que crecieron y ahogaron la semilla”. Dice Jesús en el evangelio de hoy: “Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril”. No quiero sonar alarmista, menos aún pesimista, pero sí ser honesto, ser franco: el egoísmo, el bienestar superficial, nuestros pequeños o grandes vicios y lujos, nuestra vida envuelta en pobres intereses o en conversaciones bajas, con compañías que no nos hacen ningún bien, son un verdadero peligro, un auténtico enemigo para nuestro terreno, porque llenan nuestro corazón de abrojos que impiden que la semilla cale en lo hondo de nuestro ser; y así, una vez más, no acogemos esa paz y esa alegría que Dios nos da.
Pregúntate ahora: ¿cuáles son esos abrojos que te impiden acoger la semilla y que dé fruto en ti?
En tercer lugar, dice la parábola: “Otra parte de la semilla cayó en tierra buena y dio fruto: una ciento, otra sesenta, otra treinta” Dice Jesús: “Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno”. Seguramente, aun en medio de tus pecados, debilidades y ambigüedades, te encuentres aquí, en esta tierra buena. Haciendo balance, lo cierto es que has optado por dejar que Dios esté en el centro de tu vida, haces lo posible por orar y escuchar su Palabra, intentas ser buena persona y hacer el bien a tus hermanos. Pero, fíjate, esto puede resultar poco. Quizá estás dando fruto al cinco, al seis, al siete o al diez. Pero Jesús espera que des mucho más fruto: el treinta, el sesenta, ¡incluso algo realmente espectacular: el ciento por uno, una proporción desmedida! Jesús sabe las cualidades que tienes, cree en ti más que tú mismo y sabe cuánto bien puedes hacer. Y, para conseguirlo, no lo olvides, no valen solo la voluntad y los buenos propósitos. Te hará falta estar muy cerca de él, porque la tierra de tu vida, para estar bien abonada y regada, necesita de la oración, del encuentro con Dios.
Pregúntate hoy, por tanto: ¿cuidas tu tierra en la oración? ¿Cuánto fruto estás dando? ¿Cómo crees que podrías dar más fruto?
CONCLUSIÓN
Pues que este evangelio te lleve a acercarte más y más a Jesús y a pedirle hoy de corazón que abone la tierra de tu vida, para que, como tierra buena, puedas dar fruto abundante.
ORACIÓN
Señor Jesús, he dejado en ocasiones que en la tierra de mi vida crezca toda clase de piedras, de maleza, de abrojos, que la han estropeado, la han agrietado. Hoy te pido que prepares mi corazón para acoger tu Palabra. Hoy te pido que, según tu voluntad, pueda dar frutos de fe, de esperanza y de amor.